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15 de marzo de 2016

[CRÍTICA] Anomalisa: todos somos marionetas

Charlie Kaufman. Este nombre puede resultar cinematográficamente familiar, pero Anomalisa es la segunda película de Kaufman en su faceta como director (su primera fue Synecdoche, New York). Su nombre, en vez de “dirigido por”, ha venido precedido los últimos años por “guion de”. Así es, Charlie Kaufman es el escritor de las historias más alocadas e interesantes que ha dado el cine estadounidense desde los 90. Ha escrito los guiones de películas dirigidas por Spike Jonze (Cómo ser John Malkovich, Adaptation. El ladrón de orquídeas), Michel Gondry (Human Nature, ¡Olvídate de mí!) y George Clooney (Confesiones de una mente peligrosa).



Después de siete años, Kaufman se embarca de nuevo en la dirección de este proyecto acompañado de Duke Johnson. Como no puede ser de otra manera, el guion de Anomalisa está firmado por Kaufman junto a su productor Dan Harmon y cuanta como protagonista con un personaje familiar en el resto de su filmografía, un hombre maduro insatisfecho por diferentes aspectos de su vida. En este caso, nos encontramos con un cincuentón que se gana la vida escribiendo libros de autoayuda sobre cómo tratar a la gente. Irónicamente, se siente rodeado por personas comunes y aburridas. Para él, todos son la misma persona, todos tienen el mismo aspecto físico e incluso la misma voz. Todo ello cambiará cuando conozca a una mujer que es totalmente diferente al resto del mundo, especialmente por su armoniosa voz. Lo dará todo por ella, pues representa la huida de esa monótona y rutinaria vida.  



De esta manera, a través de unos recursos aparentemente simples como la utilización de un mismo rostro y una misma voz para diferentes personajes, sean masculinos o femeninos, el espectador se siente profundamente identificado por la visión del protagonista. Pues todos alguna vez en nuestra vida nos hemos sentido rodeados por una sociedad construida por réplicas y reproducciones, por gente que no aporta nada diferente, que nos hace sentir fuera de lugar, en un mundo al que no pertenecemos. 

Otro de sus elementos destacables es su realización a través de marionetas. Todas ellas imperfectas, con sus fragmentaciones y costuras, como en las diferencias físicas que encontramos en la realidad. Pero a la vez, los personajes transmiten esa sensación de réplica, con un mecanismo, una expresividad y unos andares prácticamente iguales. Con actores de verdad, esta sensación de personas idénticas en una sociedad uniforme habría obtenido un resultado muy diferente, y sin duda, no tan acertado. 


Charlie Kaufman se ha hecho esperar. Pero los años de espera han merecido la pena para poder contemplar otra sincera, extraña y verdadera representación de una realidad difícil, amarga, humorística y, de vez en cuando, bella (a pesar de lo efímero de la misma). Por lo que disfruten de esta joya de la animación, pues a pesar de ser una hora y media fugaz, su mensaje durará el resto de la vida.
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