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17 de diciembre de 2015

[CRÍTICA] La novia: ¿Este es nuestro cine?



Después de su aclamado paso por San Sebastián y, especialmente, tras sus doce nominaciones a los Goya (pese a lo incrédulos que debemos ser ante el reconocimiento de la Academia), solo parecía caber esperar de La novia una alta (medianamente) calidad cinematográfica, entretenimiento y, siendo una adaptación de la arrebatadora Bodas de Sangre de Federico García Lorca, pasión nacida de las entrañas. Como casi siempre, las cosas no salen como deberían y La novia está muy lejos de ser todo eso.


Aunque es un tópico extendido que el cine y el teatro se parecen, quizás porque algunos directores y, sobre todo, la mayoría de actores frecuentan ambos artes, hay pocas afirmaciones más alejadas de la realidad. ¡Si Bresson y su cinematógrafo levantaran la cabeza!


A la hora de adaptar una obra teatral, especialmente si los diálogos son tan poderosos como los del granadino, surgen dos problemas que suelen romperle la cabeza al director. El primero es el de justificar visualmente una obra escrita para desarrollarse en unas tablas de, digamos 50 metros cuadrados. La solución que se le podría haber ocurrido a su directora, Paula Ortiz, era la de la simplicidad, dejar a la cámara tranquila mientras los personajes se convertían en reales mediante la calidad de sus diálogos, los cuales, están hechos para eso. Sin embargo, la solución fue la de sacar pecho, la de presumir  de cine, de algo que no es, lo cual describiremos más adelante. El otro problema son los diálogos, no porque sean malos, sino todo lo contrario, son tan potentes, tan fuertes que, como debe pasar en el teatro, la oratoria posee el máximo dramatismo que un espectador es capaz de creer y de absorber dándole verosimilitud y vida al relato. Diversos adaptadores han decidido rodar el texto tal cual, otros han optado por cambiarlo, adaptándolo o mancillándolo, según el que opine. Ortiz hace una mezcla de lo peor de las dos opciones.


Paula Ortiz, en definitiva, apuesta por un relato tan recargado, tan dramático, tan al límite desde la primera escena que a partir de la segunda ya se está desbordando por irreal e intrascendente, algo así como sí Coppola en vez de hacer Apocalypse Now hubiese rodado tres horas de explosiones por miedo a aburrir. La novia se sale por todos lados, su dramatismo es inverosímil, intrascendente y a grandes ratos vergonzoso. Su ambición de buscar en cada imagen el momento Wallpaper resulta ridícula.


Algunos dirán “preciosa fotografía”, pero esas imágenes no tienen más que los paisajes tropicales o espaciales que te da un tema de serie de Windows. La razón es que la estética de La Novia no tiene emoción, ni sentido, ni materia que la sostenga. Este planteamiento estético conforma un perfecto díptico adverso con las imágenes que semanas atrás comentábamos de The assassin, tan bellas, para empezar por estar cargadas de una trascendencia inalcanzable por ningún filtro de Instagram. El marcado etalonaje o tratamiento de color del film, eso sí, algo más trabajado o al menos más llamativo que el de las novelas televisivas Tierra de lobos o El secreto de puente viejo no le hace ningún favor a una estética que en los momentos más dramáticos llega a recordar más a un comic que a una película.


En el plano actoral son pocos los que se escapan del ahogo en el vaso de agua desbordante que propone Ortiz. Una de ellas, quizás la única, es la propia Inma Cuesta. El resto se divide entre actores que no pueden escapar de la oratoria teatral, falsa en cine (salvo excepciones), y otros de ridícula intrascendencia. Cabe destacar el papel de los dos hombres que se disputan a la novia. Juntos, el amante y el marido formarían un ser menos creíble que Juan Reyes, de la archiconocida telenovela Pasión de Gavilanes.


Es triste, muy triste, ver lo descabezado que esta el cine español, el cual, mediante los Goya, da como referente de calidad esto a su público, destinando al olvido obras más que trascendentes. Es triste, muy triste, decir que unos actores decentes, una producción más que profesional, una dirección artística y fotográfica cuyo trabajo podría ser sobresaliente se desaprovechan en la unión del todo. El cine no es matemática y la suma de las partes sí altera el producto. El exceso de La novia se ve reflejado especialmente en el momento final de los dos hombres, donde la introducción musical parece confirmar que un videoclip de Merengue latino te deja respirar más que esto, solo la risa ridícula gana ese duelo.



Por otro lado está Lorca, sus diálogos sí  están ahí (de vez en cuando) y siguen siendo maravillosos, aislados, por sí solos. Los mejores momentos son en los que la cámara aguanta dos minutos sin hacer nada y los oímos al fin, sin más adiciones y con toda su potencia. Sus metáforas, como mucha gente ya ha apuntado, también están, pero para niños. Directamente, las metáforas en la película tienen un tratamiento tan explicito que solo se podría justificar su inclusión para explicar las metáforas de Lorca a un público de primaria. Los caballos, una y otra vez, la luna gigantesca, los cristales llenándolo todo en una imagen tan abigarradamente digital acaba dejando muy claro que no estamos ante Lorca sino ante alguien que tenía miedo, y mucho, de que alguien pudiera decir que el poeta y dramaturgo granadino no se encuentra en la película. Lorca está, pero muy a su pesar.


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