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21 de octubre de 2015

[CRÍTICA] Heimat, la otra tierra: localismo universal


Precuela de la aclamada serie del mismo título de Edgar Reitz, la espectacular Heimat, la otra tierra ha llegado milagrosamente a la distribución nacional, obviamente solo en los mejores cines (en este caso, los Renoir) permitiéndonos ver una de las que sin duda, es una de las mejores películas del año (sino la mejor). A lo largo de más de 25 años, Edgar Reitz ha retratado con Heimat la historia de su país a lo largo del siglo XX. En esta precuela, totalmente disfrutable sin haber visto la serie, el director germano nos sitúa en un pequeño pueblo campesino, en la década de 1840.


La historia, llena de avatares y sucesos a lo largo de sus fluidísimas cuatro horas de duración tiene como protagonista principal a Jacob y su familia. El joven, hijo del herrero local, es culto y soñador, su imaginación sobrevuela el nuevo mundo lleno de indios y aventureros mientras el drama social de la pobreza campesina sitúa la idea de inmigrar como un objetivo verídico (sí, los alemanes también han emigrado y a Brasil, nada menos). Sin embargo, cuando uno ve Heimat, lo que entiende claramente es que la belleza del localismo convierte la historia en universal. ¿Quién tiene ganas de pasar cuatro horas viendo los avatares de unos campesinos alemanes de mediados del siglo XIX? 


Se podría decir que eso es lo que cuenta Heimat, la otra tierra, pero ni mucho menos es todo lo que transmite. Heimat es una película sobre la vida, sobre los lazos familiares, los sueños, el amor, la amistad y, obviamente, las clases. Todos esos temas tan manidos que casi todas las obras pretenden demostrar y que casi nadie consigue reflejar, Heimat, la otra tierra las transmite con sencillez aparente y perfección resultante.


Pero Heimat no es una película sencilla, basta ver unos minutos para saber que nos enfrentamos a una fotografía y estética extraordinaria, una cámara que parece volar como el viento entre el trigo y unos actores que viven ante nuestros ojos. Edgar Reitz incluye, además, dentro de la ya de por sí espectacular fotografía en blanco y negro, ciertos elementos significativos en color que no solo señalan ciertos detalles sino que relevan los sentimientos más profundos.


Cuando uno sale de la película tiene la sensación de haber salido de una grande, en todos los sentidos y aspectos, con Novencento de Bertolucci (entre otras) resonando también en la memoria y con esos pocos años de la vida de Jacob en el corazón.


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