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20 de octubre de 2015

[CRÍTICA] ‘Beast of No Nation’: soldados sin infancia, bestias sin humanidad

Beast of No Nation

Dirigida por Cary Jory Fukunaga (True Detective), ‘Beast of no Nation’ es una adaptación de la novela con el mismo nombre de Uzodinma Iweala, y la primera incursión de la compañía Netflix en la producción de un largometraje. Un film que con una fotografía y dirección excelentes, nos entrega uno de los mejores reflejos de esa realidad tan alejada de los medios occidentales como son los ‘niños soldado’.



En un país sin nombre del oeste africano donde estalla la guerra civil,  Agu (Abraham Attah) es un niño que tras cerrar la escuela y ser sacado de su aldea y golpeado casi hasta la muerte, se ve obligado a participar en una guerra civil empuñando un arma y combatiendo a sus compatriotas.

En este sentido, el film apuesta por no centrarse tanto en el conflicto bélico en sí mismo, sino por el desarrollo psicológico del protagonista. A través de Agu (Attah), en una interpretación soberbia del joven actor, veremos una evolución drástica, cruel y muy violenta de lo que supone para un niño ser sacado de su infancia y adoctrinado para la guerra, perdiendo su inocencia y en definitiva su humanidad.


Además, el papel de comandante rebelde interpretado por Idris Elba es sensacional, marcadamente cruel a la par que convincente en sus principios y la manera de inculcarlos en su soldados, algo muy diferente para este actor que junto con el joven protagonista pueden aspirar a varias nominaciones por sus papeles.


La fotografía supone un gran acierto también, no solo por recrear perfectamente el ambiente de la selva africana, habiéndose rodado la mayor parte del film en Ghana, sino por entregarse al desarrollo psicológico del protagonista, con escenas más tenues o más coloridas en función del estado de ánimo de Agu, mención especial a la escena en la que combate drogado, con una composición cromática bellísima que contrasta con la crueldad y violencia de las imágenes y que sirve de introspección para definir a un personaje al que ya no le importa el bien o el mal. También destaca la dirección y el montaje, con varios planos secuencia que ayudan a que el desarrollo de la trama sea más dinámico en un metraje de más de dos horas.


En definitiva, Fukunaga se desenvuelve con soltura en la denuncia social que impregna el film, y acierta en no buscar esperanza donde no la hay, con un mensaje duro y realista sobre una situación tan inhumana, con crítica sutil pero efectiva tanto a la ONU, como a algunas de las potencias extranjeras que financian este tipo de barbaries. Un film prácticamente redondo y a tener en cuenta para la próxima temporada de premios.

NOTA: 8.0
Por Joaquín Muñoz

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