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17 de octubre de 2015

[CRÍTICA] El club: los trapos sucios no se lavan en casa

 Gran Premio del Jurado en el pasado Festival de Berlín, El club es una película del chileno Pablo Larraín (director de NO) tan dura como necesaria. Uno no puede sino satisfacer su rabia interior viendo como Larraín denuncia y trata un tema que tenía que ser tratado y denunciado así, los grandes pecados de la iglesia católica. Ese tema, en especial la pedofilia se merecía una película como está.



El club narra la historia de una casa de retiro donde la iglesia aparta a sacerdotes “pecadores” de su oficio para que oren y rediman sus almas, ya que denunciar esos horribles delitos sería hacer daño a “la santa madre” iglesia. Sin embargo, aparece frente a la casa un hombre que fue víctima de esos abusos. Después del suicidio de uno de los curas llega a la casa un joven, sacerdote y psicólogo, para evaluar qué hacer con esos hombres y con la casa.


El club es una película inquietante y claustrofóbica, con un ambiente denso y una perpetua sensación de incomodidad. Larraín narra con mucha intensidad está incómoda historia donde todos los personajes parecen pedir perdón en cada frase con la que demuestran su putrefacción interna.


El excelente nivel de interpretación de todo el elenco, la evolución del relato, la fotografía, fría y sobria; así como la lúcida dureza del planteamiento de su director le dan a El club un nivel de excelencia que la sitúa como una de las películas imprescindibles del año.

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