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28 de enero de 2016

[CRÍTICA] El hijo de Saúl: recreando el holocausto, último capítulo



 Sí hay una película de la que se ha hablado y debatido este año esa es El hijo de Saúl. La película húngara, dirigida por el debutante en el largo László Nemes (antiguo ayudante de dirección de Béla Tarr, entre otros) vuelve a proponer una nueva forma de retratarnos el holocausto nazi.


El nazismo y sus representaciones siempre han sido un arduo tema de debate. A lo largo de la historia del cine se ha tratado lo sucedido desde diferentes perspectivas e intenciones y, alrededor de ello, ha surgido un debate que parece imposible evitar al oír hablar de esta película, Premio del Jurado y FIPRESCI en Cannes y, ahora, nominada al Oscar a Mejor Película de habla no inglesa. Para el intelectual, el crítico o el cinéfilo veterano, la representación del nazismo viene dada por dos nombres. Shoah de Claude Lanzmann es uno de ellos, un monumental documental de casi diez horas de duración formado únicamente por testimonios de personas que habían vivido lo sucedido. Sin acudir a imágenes o recreaciones de los hechos narrados, el mítico documental fuerza al espectador a imaginar, sin ayuda, los increíbles hechos que le están contando. Noche y niebla (siguiente foto) sería la otra cara de la moneda. El documental de escasa media hora de Alain Resnais utiliza imágenes de archivo de los campos intercaladas con grabaciones propias de los mismos campos ahora vacíos, solo ocupados por la cámara y, por lo tanto, por el espectador. Acompañada por una irónica voz en off este documental transmite un extraño sentimiento de atracción y terror verdadero.


Ambos documentales se acercaban de forma diferente a lo sucedido, con una clara propuesta estética, formal y narrativa que las posicionaba también moralmente en torno a los sensibles hechos que trataban en resonancia a los numerosos escritos del mundo intelectual y académico sobre las implicaciones morales de rodar o recrear el horror. No obstante, faltaba por llegar Hollywood y las películas que el espectador medio tendrá más en mente. Adoradas por la taquilla, los Oscars y demás, películas también de indudable calidad, como La lista de Schindler, El pianista o La vida es bella  (siguiente foto) convirtieron, con sus historias apasionantes, emocionales y novelescas, el holocausto en el rey de los espectáculos. Aunque mucha gente se tira de los pelos, no seré yo quien entre a debatir si convertir la mayor desgracia de la sociedad occidental del pasado siglo en un marco inmejorable para la fabricación de arrebatadoras escenas lacrimógenas es moral o no. Sí me gustaría dejar claro que es un hecho ineludible y, pretender que, en pleno siglo XXI, algo quede fuera de sucumbir a la espectacularización es una quimera inalcanzable. Por algo Guy Debord habló de La sociedad del espectáculo.


Sí me he permitido escribir todo esto antes de hablar de la película es porque El hijo de Saúl se ha autoproclamado como la antítesis de La vida es bella, cuyos valores hay que corregir para no desvirtuar lo sucedido en los campos, ahora convertidos en reclamos turísticos, objetos de selfies y audioguías. La película de László Nemes cuenta la historia de un miembro del “Sonderkommando” (judíos encargados de los hornos de exterminio, aislados del resto para no difundir el secreto) en Auschwitz que, en vez de pensar en contribuir con sus compañeros a la fuga del campo (tan real históricamente como finalmente fallida) se empeña en enterrar el cadáver de un niño que sobrevivió a los hornos durante unos minutos. No sabemos si es su hijo como asegura, cuesta creerlo, tampoco si simplemente ha perdido la cabeza por la situación pero toda la película seguirá a Saúl buscando un rabino y un entierro digno para un muerto mientras, a su alrededor, la matanza crece a cada escena. Como se aprecia fácilmente, es obvio el paralelismo con el argumento de La vida es bella en donde un padre intentaba salvar a su hijo de la muerte.


El planteamiento formal de la película también es destacable. Como hemos dicho, hay formas y formas de acercarse al horror y Nemes ha elegido una nueva y muy aplaudida apuesta formal donde la cámara, siempre en movimiento, sigue a Saúl divisando su espalda. La escasísima profundidad de campo provoca que solo este enfocado Saúl y lo que está a su altura dejando toda la violencia de alrededor desenfocada, todo ello rodado en planos largos cuya duración suele rondar los cuatro minutos. Con este planteamiento, la violencia desenfocada, el seguimiento de un “Sonderkommando”, la visión pegada a sus hombros, la película ha ganado la alabanza de la crítica y de intelectuales como Claude Lanzmann (director de Shoah) o George Didi-huberman (Imágenes pese a todo).


Sin embargo, el debate parece dejar fuera lo principal a la hora de hablar de la película. Aunque es difícil no hablar de una película sobre el holocausto sin compararla con el resto de grandes nombres del subgénero, al final, qué es lo que ve el espectador en la sala. Lo cierto es que, pese a su apuesta formal, la irracionalidad de las acciones del protagonista así como un pesado y, a la larga, agotador planteamiento formal, provocan en El hijo de Saúl un distanciamiento que no permite disfrutar de la película. Como se ve claramente, es una película que da que hablar y que pensar, pero no llega nunca a contagiarnos con su historia, a hacernos participes de las acciones de su protagonista. Obviamente la construcción de La vida es bella es más falsa y artificial, sin embargo, pocos espectadores se verán más afectados por El hijo de Sául cuya propuesta de llevarnos al corazón de Auschwitz se ve empeñada por una historia demasiado irreal y monótona.


Viendo el cortometraje, también de Nemes, With a little patience, de formas e historia similar pero teniendo como protagonista a una funcionaria de dicho campo de concentración, es inevitable pensar que la historia hubiera sido más interesante, por su extrañeza narrativa que parece caer con el paso de los minutos y por su invitación a imaginar y crecer en el debate postvisionado, como mediometraje.

Por Rafael S. Casademont
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