
Puede que mi carácter no sea
tan distinto al de Ignatius J. Reilly, y haga tiempo que haya perdido
la pasión por observar, o por lo menos admirar, cualquier proyección
cinematográfica que tenga la indecencia de ser expuesta. No lejos de
esta noción se encuentra la película de Alexandr Sokurov,
Francofonía. Puede
que fuera el calor del estío, adelantado varias semanas a su fecha
formal de inicio, o el raudo Morfeo, que oculto entre los numerosos
pliegues del arquitrabado techo del cine Doré, lanzó su soporífero
polvo sobre mis débiles pestañas,
que con una fuerza férrea, se fueron cerrando progresivamente en
busca de una paz interior que no proporcionaba una sala repleta de
personajes de la más diversa
condición social y educación.
Aunque rompiendo una lanza a su favor, he de indicar que supieron
acolchar sus ronquidos y modular su respiración al fin de lograr que
mi narcosis transitoria fuera agradable y rejuvenecedora.




