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14 de octubre de 2015

[CRÍTICA] Negociador: cómo banalizar un hecho histórico de manera efectiva

Negociador es la tercera película del cineasta Borja Cobeaga, tras Pagafantas (2009) y No controles (2010). Con su tercera película confirma su comodidad en el género de la comedia en donde, a través de un humor cotidiano, retrata las negociaciones que se llevaron a cabo entre el presidente del PSE vasco, Jesús Eguiguren y ETA durante 2005 y 2006.
Así, a pesar de su intención cómica, es inevitable que la película presente un tono trágico y melancólico, pues se están tratando temas delicados sobre la historia de España.


Manu Aranguren, interpretado por Ramón Barea, es un político vasco que, en nombre del gobierno español, debe negociar con ETA. Cuando asista a las mismas, se dará cuenta de que en vez de acudir a una negociación formal y preparada, las casualidades, los malentendidos y los errores serán decisivos a la hora de llegar a un acuerdo. La única vía, la relación personal entre los negociadores. Así, Borja Cobeaga crea una película en donde los pequeños detalles y la rutina de los protagonistas se convierten en eje central de un acto que normalmente se conoce como algo solemne. De esta manera, el cineasta se plantea cómo se desarrollaron esas conversaciones para dar a luz lo que hacían tanto dentro como fuera de ellas: qué comían, cómo se entretenían, qué hacían fuera del lugar donde se hospedaban, etc. Así se crea un humor muy dispar: es cotidiano, negro, trágico e inteligente a la misma vez.


El protagonista consigue ser un personaje afable, un político tierno y torpe que solo intenta conseguir hacer lo que cree correcto. Manu consigue caer bien al espectador, mientras que su acercamiento hacia el representante de ETA será brusco y desafortunado. El conjunto de errores y decisiones contraproducentes que cometerá Manu le convierten en un ser humano, de la misma manera que los pequeños detalles que se cuentan (a medio camino entre realidad y ficción) convertirán a un hecho histórico mitificado en un suceso real. 

Así, Negociador se erige como una película ligera, entretenida y divertida, lo que no deja de ser también un film melancólico y dramático de una propuesta arriesgada, un punto de vista cómico y humano de un suceso histórico decisivo en la historia de nuestro país.


    
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